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En primera persona: Mantengo la promesa que me hice

 

En primera persona: Mantengo la promesa que me hice

Por Olachi Tiffany Etoh

Solía tenerlo todo, o al menos eso creía. Como todos los demás, vivía día a día persiguiendo las trampasDartmouth que la sociedad estadounidense te dice que necesitas para considerarte exitoso: juventud, un título universitario, un sueldo de seis cifras, un despampanante penthouse a gran altura.

Esos detalles de estatus eran un débil sustituto de mi sentido del propósito y, si bien había alcanzado un nivel moderado de éxito, se trataba de una falsa prioridad. Una prioridad que tuve que pagar a la larga, cuando aparecí en los titulares de noticias después de ser arrestada en el Aeropuerto O’Hare de Chicago por secuestrar a un niño en medio de la agonía de una psicosis.

Antes de mi arresto, era voluntaria en el Art Institute of Chicago. Conseguí mi primer trabajo corporativo en tecnología y servicios financieros, a pasos de la Willis Tower. No sabía que podía volverme loca, ver y escuchar cosas que no estuvieran realmente allí. Pero fue así, como resultado de una crisis mental total y absoluta. Si bien había buscado ayuda y tomaba medicación, mi trastorno bipolar se resistió a la medicación, tuve una recaída, y las consecuencias fueron vastas.

Me arrestaron y encarcelaron por el incidente en el Aeropuerto O’Hare y, si bien al final me absolvieron –inocente por motivo de enajenación mental–, no recuperé realmente la libertad. Ni siquiera estaba viva, salvo en el sentido biológico más básico. El sentido común me resultaba desconocido, era prisionera de mi propia mente.

Después de la absolución, fui internada de manera involuntaria en un hospital psiquiátrico público y, luego, me asignaron a un hogar grupal. Pasé años alejada de la sociedad en las praderas de Illinois.

Ahora, finalmente, soy libre. Soy hija de la piedad, la dicha y la redención. Esta vida es lo único con lo que he soñado. La belleza de la vida me rodea por completo. Los cambios de estaciones, la forma en que las nubes se unen para desatar una tormenta. Es mi deber cementar estos años de estabilidad, hacer que dejen una huella profunda y sean tan implacables como la roca. Cada mañana, cuando me levanto, me digo que no puedo regresar otra vez.

Las experiencias negativas arden y dejan un agujero en el cerebro. Y el recuerdo de lo negativo es inmediato y poderoso. Sin embargo, estoy aprendiendo a sustituir mis horribles y dolorosos recuerdos con actos sencillos y cotidianos de gratitud.

Empecé hace poco una clase de yoga caliente en un barrio de adoquines con vista al agua. Las otras mujeres de la clase, vestidas con sus conjuntos Lululemon combinados, vienen para ejercitarse; yo vengo en busca de salvación.

Me prometí no malgastar mi libertad. También estoy cumpliendo con esa promesa.

Recientemente me preparé y rendí los exámenes de la serie 7 y la serie 63, dos exámenes oficiales de finanzas sobre valores, tenencias, bonos, opciones y medios de inversión. Aprobé estos exámenes famosos por su grado de dificultad al primer intento.

Para alguien que soportó tanta estigmatización y vergüenza durante tanto tiempo a causa de una enfermedad mental, estas victorias fueron épicas. Me preocupaba volver a entrar en el mundo corporativo, pero sabía que esta vez sería diferente. Fue diferente. Cuando aprobé los exámenes, la empresa de inversión para la que trabajo anotó esto como un talento en mis métricas de desempeño. Ahora soy una corredora de bolsa autorizada. Pero me sigue sorprendiendo saber que la empresa se preocupó lo suficiente por mí como para ayudarme a avanzar con mi vida. Es irónico que una importante institución financiera haya demostrado más compasión hacia una persona con una enfermedad mental que el sistema de justicia penal.

Aun así, el miedo y la duda todavía resurgen en ocasiones, en especial, en los momentos en que debo relatar mi historia completa. La ansiedad que siento en los procesos de incorporación laboral es real. Cuando el entrevistador vuelve a mirarme, intento encontrar las palabras para explicar la profundidad de mi historial. Nunca sé qué impacto tendrán mis palabras.

Pero, a pesar de estos desafíos, me mantengo resiliente. Cada vez menos personas me interrogan sobre mi pasado. En lugar de eso, me ofrecen vías hacia el futuro. Resulta gratificante saber que alguien como yo todavía tiene oportunidades por delante. Con frecuencia leo memes que dicen “Recuerda 10 años atrás, cuando deseabas estar donde te encuentras hoy”, estas afirmaciones me llegan con una intensidad renovada. La vida, la verdad, tu historia, tu libertad... todos se convierten en la fuente que nunca se agota.

En los días que tal vez empiezo a dudar de mí misma o siento el síndrome del impostor en el trabajo, hago una pausa para decirme que no me definen ni mi momento más bajo ni la forma en que me percibieron el sistema de justicia penal o los hospitales psiquiátricos en aquella época. No soy lo que estas personas vieron en mí. Y a medida que busco faros de oportunidad, cada vez más personas me ven como yo me veo.

También me sorprende continuamente descubrir el amor y respeto que siento hacia mí por todo lo que he soportado y superado –las lágrimas y la opresión. Ahora acepto que convivo con una enfermedad mental. Me hago responsable. Intervengo en consecuencia. La manejo. Y, gracias a que corro habitualmente, sigo una alimentación consciente y tomo medicación, consigo llevarla adelante con éxito.

Estoy a mil millas del peligro y de la desgracia. Me siento segura y renovada. Y soy libre.

Olachi Tiffany Etoh vive en la costa este y trabaja como corredora de bolsa autorizada para una empresa de inversión internacional. También es escritora y amante de la comida orgánica y sostenible. Puedes seguirla en Twitter: @OlachiTiffany

 
 
 
 
 

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